Para The Avalanches, cada álbum comienza con una obsesión: una sensación medio olvidada o un sonido perdido que se niega a permanecer enterrado. Para que fluya la creatividad, debe existir un catalizador imaginativo que impulse al grupo —Robbie Chater, Tony Di Blasi y Andy Szekeres— a seguir un camino, aunque al final de lo que a veces ha sido un largo viaje terminen en otro lugar.
La chispa inicial puede ser una obsesión, una fascinación o una narrativa poco definida. Y, dado que The Avalanches son auténticos magos del sampling, siempre habrá también una dirección sonora: un interés particular por cierto tipo de material del que echarán mano esta vez.
En su aclamadísimo álbum debut de 2000, Since I Left You, ese universo giraba en torno a los viajes y el movimiento como medios para alcanzar la liberación emocional y la renovación espiritual. Wildflower, la esperada continuación que llegó en 2016, fue concebido como la banda sonora onírica de un «viaje por carretera bajo los efectos del LSD». We Will Always Love You, publicado apenas cuatro años después, exploró «la relación vibracional entre la luz, el sonido y el espíritu», un tema que se reflejaba en un ritmo más pausado de las canciones y en una fascinación constante por la voz humana.
Ahora, The Avalanches regresan con un nuevo álbum inspirado en las formas, mágicas e insidiosas al mismo tiempo, en que la publicidad y la tecnología de marca se entrelazan con nuestros recuerdos. Se trata de una oda ambivalente al poder nostálgico de las melodías publicitarias, los sonidos de inicio de dispositivos y sistemas propietarios, y los logotipos sonoros olvidados hace mucho tiempo. Puede que las mejores cosas de la vida sean gratis, pero la infancia y los productos de entretenimiento corporativo están completamente entrelazados.
Así pues, echar la vista atrás y repasar nuestra vida implica, al menos en parte, contemplar una existencia definida por nuestras decisiones como consumidores: juguetes, modas pasajeras, videojuegos, melodías publicitarias de cereales, disquetes, zapatillas de diseñador, teléfonos y computadoras, aplicaciones y una docena más de formas de fetichismo de las mercancías. Al mismo tiempo, es innegable la creatividad que implica construir estos universos publicitarios: los logotipos sonoros, la narración de historias, la creación de mitos y el diseño de productos de consumo. Tampoco se puede negar que estas cosas alegran nuestras vidas.
Por primera vez, un álbum de The Avalanches viene acompañado de una obra audiovisual: una película de 35 minutos que combina acción real, collage y animación. Tanto el álbum como la película comparten el mismo título: No Bad Memories («Sin malos recuerdos»), una especie de sample en sí mismo, pues el título proviene de un antiguo eslogan publicitario de un disquete de cinco pulgadas. ¿Los recuerdan?
Según Chater, quien codirigió la película junto a su colaborador de muchos años, Jonathan Zawada, la historia sigue a un personaje que «recuerda de manera equivocada su propia vida a través de toda la publicidad que ha consumido. Se siente cada vez más desorientado a medida que los recuerdos de todo aquello que alguna vez le han vendido se vuelven indistinguibles de su propio pasado. Al final, encuentra refugio subiéndose a un iPod gigante que ha aparecido en su apartamento, como un monolito».
Todo esto suena bastante oscuro, pero, como ocurre con gran parte del trabajo de The Avalanches, No Bad Memories no puede evitar transmitir una afirmación de la vida. El álbum rebosa melodías, está repleto de voces cálidas —algunas tomadas de grabaciones existentes y otras aportadas por un extraordinario elenco de colaboradores— y contiene momentos de auténtico optimismo. Sus letras transmiten sentimientos alentadores; frases como «sin preocupaciones… dejemos que el mundo pase de largo» o «cuando miro a tus ojos, me doy cuenta de que es magia» son representativas de ese espíritu. Las muestras sonoras también evocan un mundo idílico y despreocupado: «Together» utiliza las voces de niños cantando en la serie de televisión The Famous Five, mientras que «The Pavements Light» recurre a las armonías etéreas del cuarteto vocal de los años cincuenta The Hi-Lo’s, en su interpretación de «Skylark».
Esta fascinación por la publicidad y la tecnología de consumo moldeó no solo los temas del álbum, sino también la propia composición de su música. Según explica Chater, las primeras etapas de No Bad Memories incluyeron «experimentos rítmicos que utilizaban los residuos sonoros y las características distintivas de las tecnologías con las que crecimos».


























